* Editorial que publicaré en la revista Futbolista en su próxima edición
Tengo 38 años y he vivido el fútbol como una parte inseparable de mi desde que tenía ocho. He jugado todos los fines de semana de mi vida hasta hace un par de años, que colgué las botas; he entrenado dos o tres días por semana bajo la lluvia, con frío más propio de Finlandia o bajo un calor saharaui. Por si eso fuera poco, he sido directivo de un club de regional, tengo el carné de entrenador y he llegado a arbitrar durante una temporada para sacar algo de dinero. Además, voy todos los domingos a ver a mi equipo y desde que tengo uso de memoria, he visto todos los partidos de la Selección, a la hora que fueran, de madrugada o en hora estelar. Nunca me he perdido ningú partido y por eso mi memoria está repleta de fracasos, de penalties fallados; de goles increíbles errados; de robos arbitrales, de apuntes de hazañas que quedaron en nada. Simplemente, he vivido el fútbol de una manera apasionada y ahora, encima, intento vivir de ello como director de esta revista. No soy alemán, ni brasileño y ni siquiera italiano. Soy español y por eso no estoy acostumbrado a ganar. Seguramente, en un futuro próximo, volveremos a perder, pero que ahora nos quiten lo bailado. Somos campeones de Europa y campeones del Mundo. El sueño de toda mi vida cumplido. Y eso, en los tiempos que corren, es un pasaporte para la felicidad, aunque sólo sea por unas horas y mañana el paro o la crisis sigan estando ahí, pero hoy, toca recordar los malos tiempos que todos los futboleros de este país hemos pasado. Somos campeones del mundo. Casi nada. Y parecía imposible.
Hoy es uno de los días más importantes de la historia del fútbol español. No diría que el que más pero sí la antesala del que puede ser el partido más decisivo de cuántos ha jugado La Roja en su historia. Nunca antes jugó España una semifinal. En el 50 participaron 13 equipos y hubo una liguilla entre los cuatro primeros de grupo. De esa liguilla, el equipo de Zarra y Ramallets (dos leyendas) sacó un empate ante Uruguay, que fue la campeona, y dos derrotas. Quedaron cuartos. Hoy es una semifinal en toda regla a la que se llega tras una fase de clasificación y un Mundial con 32 equipos en liza. Y, por si fuera poco, en frente esta Alemania, tres veces campeona del mundo y que, desde 1966, ha jugado las finales del 66, del 74, del 82, del 86, del 90 y del 2002. Seis de diez. Y en las que falló, como en la del 2006, estuvo en semifinales. Los germanos son un hueso. Por eso, de ganar, la victoria sabrá aún mejor. Yo, que tengo 38 años, nunca he visto unas semifinales con España de protagonista. Como yo, la mayoría de los españoles. Por eso hoy, para todos nosotros, es un día muy grande.
La campeona del mundo ya está en casa. Italia jugó en el alambre, como casi siempre, pero esta vez se cayó al vacío. La azurra se va del Mundial como última de un grupo en el que competía con Paraguay, Nueva Zelanda y Eslovaquia, que se dice pronto. Un fracaso mayúsculo aunque en este caso y a diferencia de Francia, estamos hablando de un asunto estrictamente deportivo lo que visto los tiempos que corren es, cuando menos, un consuelo. El problema italiano es de calado. Lippi, el hombre que pasará a la historia por haber llevado a Italia a la conquista de su cuarto Mundial pero también como el comandante que la condenó con sus decisiones a su vergonzante eliminación en Sudáfrica, se marcha por la puerta de atras y tras haber protagonizado un cúmulo de despropósitos deportivos. El viejo zorro no ha sabido renovar el equipo y ha pretendido ganar con el peso de la camiseta y viviendo de las rentas. Nada más. Demasiado poco para el igualado nivel que vive el fútbol actual. La Italia del 2010 era casi la misma que la del 2006 pero con cuatro años más (un mundo en el fútbol) y muchísimo menos talento con las bajas de Del Pierto o Totti. Lippi no ha sabido o no ha tenido ‘fantasistas’ que convirtieran el rocoso fútbol transalpino en un canal de comunicación fluido con los cazagoles que Lippi convocó. No ha sido así. El grupo azurri fue monolítico, mecánico y previsible. Por si fuera poco, tampoco fue rocoso atrás. Que a Italia la hagan un gol de saque de banda es para verlo y no creerlo. Todo junto dibuja un escenario de enorme fracaso. Hoy la campeona del mundo está ya en casa. Igual que la subcampeona. Y hoy juega la campeona de Europa....
La Gran Francia que conquistó el Mundial del 98 y la Eurocopa del 2000 ha envejecido de mala manera. Mejor dicho, no ha sabido envejecer. De la nula renovación de aquel equipo triunfal deriva la actual vergüenza más que deportiva, social, de escasez de valores y nula conexión con una sociedad francesa que contempla aturdida la debacle. ‘Les Bleus’ no debieron nunca estar en Sudáfrica. La mano de Henry avergonzó a la afición gala. Muchos, visto lo visto, debieron pensar que lo mal comienza mal acaba. Un Mundial es ya lo suficientemente complejo para que un grupo de futbolistas malcriados y consentidos lo conviertan en un infierno de convivencia anteponiendo en todo momento sus intereses personales a los de un grupo que no les representa a ellos por mucho que se crean sino a todo un país. Francia se ha convertido en el hazmerreir del mundo por convertir sus peleas de patio de colegio en un asunto de estado. Lo malo para los franceses es que detrás de las rabietas de niñatos que han protagonizado un grupo de veinteañeros y treinteañeros millonarios hay un problema de fondo gravísimo de falta de valores, de respeto y de perspectiva que pone en entredicho incluso el mito de la Francia multicultural y multirracial que se nos ha vendido en los últimos años. A todo ello, el papel bufonesco de Domenech en todo este asunto ha sido legendario. Quizás sea el momento de que, esta vez sí, un escritor avispado saque un best seller sobre lo que pasó en este Mundial en el hotel de concentración francés. Seguro que no tiene desperdicio.
La Roja emite señales muy inquietantes. Por lo visto hasta ahora, no pinta bien el Mundial. Es cierto que se perdió de forma injusta con Suiza y que se pudo golear a Honduras pero es en esos ‘casi’ donde reside el ‘kid’ de la cuestión. España, por lo visto hasta el momento, siembra dudas. Muchas dudas. Hay sombras en las dos áreas y en futbolistas puntuales. En el área propia, Iker genera inseguridad. No está bien el gran portero madridista y se le nota donde se le suele notar a los arqueros: en los balones cruzados y las salidas. Arriba, en el área ajena, se falla más que una escopeta de ferias y cuando eso sucede en futbolistas de la talla de Torres es porque les falta un punto de forma y para ganar un Mundial hay que estar en plena forma. Si a un equipo le fallan los dos extremos del campo, es una utopía el pensar que puede llegar lejos. Pero aún hay más. Xavi está tieso físicamente, igual que Iniesta, dos futbolistas clave y Capdevila muestra síntomas de agujero negro en el lateral izquierdo de la defensa. Su falta de rigor convierte algunas acciones defensivas de La Roja en un ejercicio al límite. Chile, el primer rival de cierto nivel con el que nos enfrentaremos ahondará en ese agujero izquierdo y esa circunstancia obligará a Piqué y Puyol a multiplicarse y dejar más huecos. Todo ello junto dibuja un escenario temible para los hombres de Del Bosque. O mejoran o mucho me temo que lo que toca ahora es ir sacando el billete de vuelta para España, ya sea en el último partido del grupo o en el partido de octavos.
Ya no falta nada para que comience el Mundial de fútbol, la cita más esperada por todos que tenemos este deporte como uno de los ejes de nuestro día a día. Si el fútbol es lo que es y tiene la capacidad de movilizar a millones de personas es, en buena parte, por el Mundial de fútbol, por las leyendas y mitos que se han ido tejiendo de manera ininterrumpida desde que el balón empezara a rodar hace ya ochenta años en el estadio Centenario de Montevideo. Desde entonces, no ha habido campeonato del Mundo que no haya dejado un espacio libre para el recuerdo, haya generado un mito o agrandado una leyenda. Desde aquella primera final que dirimieron Uruguay y Argentina hasta el cabezazo de Zidane a Materazzi en Alemania hace tan sólo cuatro años, los hilos de la historia han ido agrandando más y más la madeja futbolera. Este viernes empezaremos a vivir un nuevo capítulo. Sudáfrica y México abrirán un torneo que promete enormes emociones. Estamos ante el primer campeonato africano de la historia. Todo un reto para un continente siempre ligado a las malas noticias. Ahora, África, gracias al fútbol acaparará titulares que nada tienen que ver con el hambre, las sequías, las crisis políticas, las enfermedadades incurables o los golpes de estado. Un milagro que debemos únicamente al fútbol. Uno más de los muchos que lleva ya realizados.
A Vicente Del Bosque monta un circo y le crecen los enanos. De otra manera no se entiende la racha de lesiones que está asolando a la selección en sus hombre clave. Desde que comenzó la temporada, varios de los puntales de ‘la roja’ han pasado por la enfermería aquejados de lesiones musculares o, en algunos casos, percances más graves. Los últimos en caer han sido Cesc, Iniesta y Torres. Los tres llevan un año repleto de contratiempos y los tres son básicos en el esquema y el estilo de la Selección. También han pasado por la enfermería a lo largo del curso Xavi, Villa (que por momentos ha dado la impresión de estar machacado), Silva y Marcos Senna. Prácticamente todo el centro del campo, la zona clave en el esquema de juego de Del Bosque, está tocado así como sus dos delanteros titulares. La situación, en todo caso es más que preocupante. España está en el mejor momento de su historia. La Roja tiene opciones reales de ser campeona del mundo pero para lograrlo se necesita estar durante un mes en plenitud técnica, colectiva y física. Hoy por hoy, los augurios no señalan nada bueno. La Selección llegará a Sudáfrica machacada. Será necesario un trabajo de recuperación a gran escala, algo que ya hizo Jesús Paredes, preparador físico de entonces en la Selección, antes de la Eurocopa de Austria y Suiza con los resultados por todos conocidos.
La historia, dicen, tiende a ser cíclica. Quizás por ello, el Mundial 2010 me recuerda en algunos aspectos al que se disputó en España, en 1982 y que es, junto al que se celebró cuatro años más tarde en México, el último torneo romántico de la historia del fútbol. En España 82 jugaron por primera vez selecciones que no han vuelto a aparecer por el panorama internacional como Nueva Zelanda o la Honduras de ‘Macho’ Figueroa y Arzú, dos futbolistas que se quedaron en nuestra liga en equipos menores como el Murcia y el Racing. Los centroamericanos lograron, además, empatar con España en el Luis Casanova, lo que fue el principio del fin del combinado entrenado por José Emilio Santamaria. Ese Mundial fue también el primero que disputó un habitual ahora como Camerún y una selección como la Argelia de Madjer, a la que echaron del Mundial austriacos y alemanes en el vergonzoso tongo de El Molínón. En España 82 también jugaron otros equipos que se han clasificado pocas veces desde entonces como Chile o Austria y alguno más que tampoco ha vuelto a aparecer como Kuwait. Ahora, para Sudáfrica 2010, en la parrilla de salida vuelven a estar 28 años después, Nueva Zelanda y Honduras. Argelia se la juega mañana ante Egipto en un partido de desempate en Sudán a cara de perro y Camerún y Chile han vuelto a clasificarse tras varios años de ausencia. Como en el 82, hay un equipo que juega maravillosamente bien al fútbol, España. La roja interpreta el papel que en aquella ocasión se atribuyó la canarinha de los Zico, Eder, Toninho Cerezo o Junior.…Y para colmo de similitudes ahí está Argentina, con Maradona en el banquillo cuando en el 82 estaba sobre el terreno de juego. Lo dicho, la historia es cíclica.
Por soez, por zafio, por no ser un ejemplo para nadie y menos aún para los miles de niños que ahora son adolescentes que soñaron con un gol de otra galaxia que casi valió un Mundial; por pensar que el haber sido uno de los mejores futbolistas de la historia de un juego es más que nadie en el mundo; por ser la peor cara visible de un país que pretende ser serio, por no saber asumir las críticas, por no saber perder, por arruinar su fama y no estar a la altura de su leyenda, por no saber que en la victoria es donde se mide a los hombres de bien y, por qué no, por casi dejar fuera del Mundial a una selección como es la Argentina, bicampeona del mundo…¡Váyase señor Maradona!
Argentina ganó al final, en un partido como dice Walter Evans en su post, tensó y emocionante pero con nada de fútbol. La albiceleste ganó y Maradona, al que apodan D10S y se cree D10S, cayó más bajo que nunca al mandar a los periodistas ‘ a mamarla’ en una rueda de prensa indigna. Argentina no se merece un seleccionador como él. Todo el país vive secuestrado bajo el aurea manchada de grosería y barriobajerismo que destila un hombre enfrentado con la vida y que se cree por encima del bien y del mal. Diego Armando Maradona fue el mejor futbolista del mundo en su momento, seguramente vengó una afrenta política y el orgullo de un pueblo con sus goles de otra galaxia y con la mano ante Inglaterra en el Mundial 86 y es más que seguro que en Nápoles existe un antes y un después de Diego pero todo eso le convirtió en un personaje zafío, que lo tuvo todo y todo estuvo a punto de perder por no saberse manejar en la vida, por incumplir las normas más básicas, las que distinguen a los hombres de bien de los inconscientes. No hay nada peor que un inconsciente que se cree D10S. Argentina no se merece un individuo así al frente de su selección, de su imagen pública. Para mi, el fútbol es, en la mayoría de los casos, un resumen de lo que es la vida. A través de este deporte se pueden explicar muchas cosas. Saber ganar, perder y competir con la cabeza alta es una enseñanza que se puede trasladar a cualquier orden de la vida. Ayer por la noche, tras ganar en el Centenario de Montevídeo, Maradona demostró que no sabe estar, que no sabe ganar. Y eso es mucho peor que no saber perder. Yo, si me cruzara por la calle con D10S me cambiaría de acera. No me fío de alguien que no da la talla cuando gana y muestra tal grado de venganza y zafiedad. Vigilaría mi espalda. Lo siento por Argentina.