En los últimos tiempos, todo lo que viene desde el Barcelona está bien. Sea lo que sea. Hay un ‘buenismo’ instalado en los medios de comunicación que sobrepasa con creces las fronteras que la objetividad y la imparcialidad establecen. Cierto es que en el club azulgrana se han hecho las cosas bastante bien en el plano deportivo de un tiempo a esta parte. Los extraordinarios resultados conseguidos no se explican sin una cadena de buenas decisiones de por medio. Pero eso no quita que, en alguna ocasión, se haya tomado una decisión nefasta. La mayor de todas, la de desprenderse de Eto´o por una cuestión de feeling, tal como el propio Guardiola explicó en su momento. El asunto del feeling tiene su miga. Le ha costado a la entidad 87 millones de euros (más de 10.000 millones de pesetas) además de contemplar al camerunés celebrar el pase a la final entre los aspersores y levantar la Copa de Europa en el Bernabéu al tiempo de que Ibra está más fuera que dentro del club. Eto´o celebra su segundo Triplete consecutivo mientras que el Barca rumia su fracaso europeo y no sabe muy bien que hacer con Ibrahimovic, al que está dispuesto a malvender. Laporta se ha visto obligado a invertir otros 40 millones de euros en Villa para seguir en el intento de tapar el hueco abierto por la marcha de Eto´o. Es decir que el feeling guardiolano le ha costado al Barca 127 millones y que el ‘despedido’ Eto´o celebre la Champions. Supongo que Guardiola se abstendrá de tener más premoniciones, feelings o visiones de futuro.
Pep Guardiola renovó ayer su contrato como entrenador del Barcelona pero lo curioso es que renovó pero no renovó; firmó pero no firmó. Es decir, que dio su palabra, cosa que debe bastar o a mi al menos me bastaría, pero que todo sigue igual que el día anterior, cuando Laporta lanzaba SOS para que el de Sant Pedor renovara y de esa forma apuntarse un tanto. El presidente azulgrana cumplió su objetivo pero lo cierto es que todo sigue igual que en semanas anteriores. Guardiola, con todos los ases de la baraja en la mano, ha hecho lo que ha querido: aplacar los ánimos de los periodistas al tiempo que no ha firmado nada hasta conocer el nombre del sucesor de Laporta. Pep está esperando. Si Laporta pudiera continuar, no tengo duda de que a Guardiola no le haría gracia alguna seguir al frente del banquillo y no sería de extrañar que se tomará un año sabático o que escuchará los cantos de sirena que vienen desde la Premier. Lo mismo sucederá si el que gana las elecciones es un delfín del laportismo. Si el vencedor es Sandro Rosell, Guardiola firmará encantado ese contrato. Si gana un tercero, Pep escuchará lo que tengan que decirle. Lo que es cierto es que Laporta, al menos, se lleva la satisfacción de hacerse la foto con la ‘renovación no renovación’ del mister. Eso, a él, le vale tanto como un título, según sus propias palabras. Es lo que tienen los egos bien cebados.
Han bastado dos resultados negativos (empate contra el Villarreal y derrota copera ante el Sevilla) para que algunas voces eleven el tono contra Pep Guardiola. Parece como si a Pep le estuvieran esperando con el cuchillo entre los dientes. Guardiola ha firmado el mejor ciclo de la historia del fútbol. Nadie ha ganado seis títulos en un año, con Champions, Liga y Mundial de Clubes incluidos en el lote. El éxito ha sido en buena parte motivado por las decisiones técnicas, gestión del vestuario y forma de entender el fútbol que tiene el entrenador de Sant Pedor. El mister ha hecho muy bien en reivindicar su papel a la hora de tomar decisiones, incluida la de fichar a Chigrinsky y alinearlo cuando estime oportuno. El central ucranio ha costado más de 20 millones de euros, una cifra astronómica que aún no ha justificado pero toda la trayectoria de Guardiola en el banquillo del Barcelona invita a pensar que ha visto en él cosas que el resto de mortales aún no intuimos. El Barcelona es más que posible que este año no gane el Triplete pero es que si lo hace, estaremos ante el mejor club de todos los tiempos. Pep ya lo avisó: todo lo que hagamos este año será peor que lo que hicimos el pasado. Vino a decir. Una muestra más del sentido común del que siempre hace gala. Pep tiene todo el crédito del mundo. Decir lo contrario, es faltar a la coherencia.
Ésta ha sido la semana de las declaraciones, cuando menos, curiosas. Dejando al margen a Laporta, que es una auténtica mina, a Guardiola, Pellegrini o Albelda se les ha ido la boca con frases ‘legendarias’. Para mi, la más estentorea es la del capitán del Valencia. Albelda tiró de vocabulario de vestuario de campo de tierra para hacer de menos a un Madrid que acude a Mestalla sin sus fichajes galácticos y reivindicar la figura del ‘galáctico’ valencianista, David Silva. Lo del ‘coñazo’ es legendario pero detrás de la frase de marras se esconde el pique que el valencianismo acumula contra el Madrid desde que el club de Chamartín fichase a Mijatovic. Ya ha llovido pero el rencor perdura. Lo de Guardiola reivindicando el catalán y la nación catalana entra dentro del juego político del que gustan en determinadas ocasiones los ‘jefes’ del Barcelona, acostumbrados a mezclar las churras con las merinas. Guardiola estaba en una rueda de prensa oficial de la UEFA y debió, por respeto a todos los que no entienden el catalán, hablar en castellano. No me imagino a un entrenador bretón hablando en bretón o a un escocés en dialecto de la Isla de Man y, para los no duchos en historia, recordar que Man fue reino hasta hace nada y Bretaña tiene, por lo menos, los mismos derechos históricos que Cataluña como nación. Mezclar fútbol y política siempre sabe mal. El último en abrir la boca fue Pellegrini. Asegurar que en el Bernabéu se silbaría al Madrid si jugase como el Barca es hacer un chiste de chiquito de la calzada, es decir, malo, malo…que bromista este Pellegrini…
Todo lo que dice Pep Guardiola en sus comparecencias públicas me parece cargado de sentido y normalmente acertado. Tengo la sensación de que al entrenador del Barcelona, los árboles no le ocultan el bosque, como a tantos y tantos otros y que en su día a día suele aplicar algo tan poco común como es el sentido común. Mesurado en el hablar y siempre respetuoso, suele poner el acento en la palabra y el momento adecuado. Desde que desembarcó en el banquillo del Nou Camp ha ido desgranando una filosofía de entender el fútbol y la vida que conecta con la grada, la masa social culé al tiempo que no le granjea antipatías entre las hinchadas rivales, que ven en él un tipo corriente que quiere lo mejor para su equipo y expresa lo que piensa con tranquilidad y mesura. Guardiola se ha visto obligado a mojarse en numerosas ocasiones pero siempre ha salido con bien de los cruces de caminos. El año pasado, cuando visitó al Madrid en la previa del histórico 2-6 no tiró en ningún momento de victimismo sino de equipo campeón que debe ganar en estadios como el Bernabéu, en el cuerpo a cuerpo con un rival directo. Cuando tuvo que hablar de la marcha de Eto´o, no puso disculpas, habló de ‘feeling’ personal y de asunción de responsabilidades propias. Con el fichaje de Chigrinsky lo calificó de ‘apuesta personal’; con el tema de las comparaciones con el año pasado no dijo más que lo que todo el mundo piensa, “que se perderán todas las comparaciones” o, por ejemplo, tras ganar 5-2 al Atlético no cayó en el triunfalismo y puso en el acento en “la traición al estilo de toque y control del Barcelona”. Guardiola aprieta a los suyos desde un discurso coherente y claro, no elude la responsabilidad y no se esconde. Ahí está una de las claves de este gran Barcelona.
Pep Guardiola guarda silencio prácticamente desde el día que el Barcelona celebró por las calles de la Ciudad Condal el histórico Triplete. El técnico azulgrana ha desconectado y ‘desaparecido’ con toda la tranquilidad del mundo, sabedor de que el rival a batir es su equipo, el mejor del mundo en estos momentos pese a quien pese y manteniendo distancia ante la magnitud de la inversión de su máximo rival, el Real Madrid de Florentino Pérez. Guardiola guarda silencio mientras que Joan Laporta no hace más que hablar y realizar declaraciones que denotan intranquilidad, miedo, complejo histórico… Pep está dando una lección de cómo digerir el éxito y afrontar la nueva temporada con la intención de repetirlo. Seguramente, habrá descansado lo suficiente para cargar las pilas y, como adicto al fútbol que es, ya estará trabajando en silencio, con calma, estudiando los movimientos del mercado en la casa del eterno rival y buscando los puntos débiles de su equip0 para cubrirlos de la mejor manera posible cuando el balón eche a rodar. Y todo ello sin abrir la boca, sin generar tensión, sin montrar miedo alguno. ¿De qué iba a tenerlo Pep Guardiola?
Pep Guardiola se enfrenta a su primera dificultad seria desde que es entrenador del Barcelona. Hasta ahora, Pep ha tenido el viento de cara y las cosas han funcionado a la perfección: el equipo está bien situado para clasificarse para los cuartos de la Champions, está a un paso de la final de la Copa del Rey y durante cuatro meses ha arrasado en la Liga. Pero ahora las cosas han cambiado. El Barca pasa la crisis que todos los equipos tienen lo que sucede que en el Nou Camp todo se magnifica y más si el Real Madrid aprieta y la historia reciente demuestra que cuando el Madrid aprieta, el Barca lo pasa muy mal. Guardiola tiene la obligación de mantener la cabeza fría. Ha hecho un gran trabajo en los seis meses que lleva en el cargo y el Barca que dirige es diametralmente opuesto al de hace un año. Lo ha dado la vuelta como un calcetín. Ese es su mérito. En los momentos de crisis es donde se nota la mano de un gran entrenador y Guardiola tiene pinta de serlo. Le toca analizar, motivar, poner calma y pensar que retoques debe hacer en el equipo para recuperar el paso. Con eso bastará pero, sobre todo, lo que Guardiola debe hacer es mantener la cabeza fría y dejar que sean prensa y aficionados los que hablen de crisis. No parece tan difícil.