“A mi Zidane, la verdad, no te creas…”
“A mi Zidane, la verdad, no te creas, no hizo mucho cuando estuvo en el Madrid…” Tal declaración, calificable de mítica, no la hizo un extraterrestre recién llegado de una galaxia cualquiera, sino mi hermano el pasado sábado en el Santiago Bernabéu cuando por la megafonía del estadio anunciaban la alineación del Real Madrid con el doble pivote (Diarrá bueno-Diarrá malo) en la alineación. Los comentarios sarcásticos sobre la creatividad de la media que alineaba Pellegrini fueron interrumpidos por el comentario de marras, provocando la mirada atónita de toda la fila de asientos, en un primer momento, y, segundos después, la carcajada general. Para el Musa, que así se llama el culpable, Zidane ’sólo’ marcó el gol que le dio al Madrid la Novena Copa de Europa, aquella volea monumeltal en Glasgow que se convirtió casi en el acto en uno de los mejores goles de todos los tiempos por la belleza e importancia. Zinedine, al que entrevisté hace unos años en La Manga y me pareció un tipo cercano y nada pagado de su fama, es por derecho propio el Quinto grande de la historia, tras (y por ese orden) Di Stéfano, Pele, Maradona y Cruyff. En mi opinión, Zizou, es el mejor futbolista que he visto sobre un terreno de juego; un jugador capaz de convertir a Francia en campeón del mundo y de Europa y de representar un estilo de fútbol completamente diferente. Zidane fue una revolución, un jugador desequilibrante y capaz de aglutinar detrás de él a un equipo campeón. Eso sí, siempre habrá alguien al que no le parecera suficiente y prefiera a Diarrá, al malo, se entiende.










