El Valencia está más hundido que el Titanic

El Valencia está inmerso en un deterioro absoluto y en una caida libre a la que no se vislumbra el final. El valencianismo vive entre la perplejidad y la indignación el hundimiento institucional, económico y deportivo de un club que hace apenas diez años jugaba dos finales de Copa de Europa (2000 y 2001); ganaba dos Ligas, una UEFA y una Supercopa de Europa. Al periodo más importante y fructífero de su historia le sucede ahora una época negra, con los futbolistas sin poder cobrar sus fichas, el proyecto del nuevo estadio paralizado, y en barrena deportiva. Por si fuera poco, el club no ha tocado fondo. No le queda otra que desprenderse de sus mejores futbolistas, vender a jugadores como Villa, Albiol o Silva y debilitarse deportivamente hasta límites insospechados. Al valencianismo le espera una travesía por el desierto que puede llegar a ser durísima y de consecuencias imprevisibles. La cuestión es ¿por qué se ha llegado a esta situación? Y la respuesta hay que buscarla en una persona: Juan Soler. El accionista mayoritario del club ha situado al Valencia al borde del precipicio. Mala gestión, inoperancia y lucha de egos se suman para componer un cocktail desastroso. Soler ha dilapidado la herencia de Ortí y Benítez y el club hoy por hoy ha retrocedido a los años ochenta, cuando en una situación tambièn de quiebra institucional, económica y deportiva, el equipo terminó en Segunda División. Por el bien del valencianismo y del fútbol español, esperemos que esta vez no se llegue a tanto pero las perspectivas no son buenas. Ahora mismo, el Valencia tiene el mismo futuro que el Titanic.

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