He escuchado esta mañana a Afredo Duro en Radio Marca hablar sobre la ‘película’ que se está montando el Atlético de Madrid con respecto a su participación en la Europa League. Duro hablaba de ‘versión mentirosa’ el hecho de que desde el Atleti se venda la gran temporada que está haciendo el equipo en Europa. Una versión que indirectamente situaría a los colchoneros en un plano superior al Chelsea, al Real Madrid o al Milán, por citar a alguno de los clubes que han caído en los octavos de final de la Champions League. Eso es lo que se intenta vender. El Atleti está en su derecho al hacerlo. Sigue (al menos hasta esta noche y esperemos que mañana también) en la Europa League pero no se puede olvidar que está ahí porque fue incapaz de ganar un partido en la primera fase de la máxima competición continental, que no ganó ni al Apoel en el Calderón ni en Chipre y que, gracias al reglamento, que eso sí, es igual para todos, juega la Europa League. Considerar eso como un éxito y sentirse superior al Chelsea es una venta de humo mentirosa que no lleva a nada más que a engañarse uno mismo.
Los aficionados al fútbol suelen tener una memoria más bien escasa, selectiva e interesada. Es un mal común a todas las aficiones. La del Sevilla, anoche tras la eliminación de su equipo ante el CSKA de Moscú en la ronda de octavos de final de la Champions League, dio una muestra fehaciente de ello. La grada del Pizjuan estalló en un ¡Jiménez veta ya¡ sangrante y reiterativo al finalizar el partido. Un grito que olvida varias cuestiones de máxima importancia: Jiménez es historia viva del club, el hombre que más veces ha vestido la camiseta de Nervión y, al mismo tiempo, como si esos méritos no valieran, el entrenador que tiene al equipo luchando por la tercera plaza en la Liga, ha llevado al equipo hasta la Champions League por segunda vez en su historia y lo ha clasificado para la final de la Copa del Rey. Unos números magníficos para una entidad que en sesenta años no ganó nada, no jugó final alguna, merodeó siempre por la mitad de la tabla en Primera División y conoció de sobra las profundidades de la Segunda. Pero claro, al aficionado sevillano se le han olvidado esos tiempos oscuros que forman el grueso de su historia. Ya sólo recuerdan los títulos de Juande Ramos, las dos UEFA, la Copa o las Supercopas ganadas en dos años mágicos. Jiménez tiene el mérito de haber mantenido las expectativas, de haberlo hecho siguiendo la línea de trabajo marcada en el club; aguantando el nivel tras la venta de muy buenos jugadores y soportando el paso de los años de puntales como Kanouté, Renato o Palop. El Sevilla de Jiménez es un gran equipo, competitivo y duro de batir, que puede ganar un título este año y que lucha por ser el campeón de la liga que forman todos los equipos de España que no son el Madrid y el Barcelona. Este Sevilla está en su límite histórico pero la gente grita ¡Jiménez vete ya¡. Corta memoria.
Onésimo es un hombre de fútbol. Se ha pasado casi toda su vida sobre un terreno de juego, primero como jugador y después como entrenador, donde se está labrando una buena y modesta carrera en clubes como el Huesca, al que ascendió a Segunda o el filial pucelano. A Onésimo le entrevistamos en Futbolista el mes pasado y me dio la impresión de ser persona honrada, que sabe reconocer sus errores y tiene los pies en el suelo. Tiene pinta de conocer los códigos del fútbol. Por eso apeló a al testiculina y la agresividad para motivar a sus jugadores de cara al partido contra el Real Madrid, un encuentro donde el Valladolid se jugaba la vida pero no más que la semana anterior en San Mamés o la que viene contra el Deportivo de La Coruña. Onésimo, bien secundado por el veterano Marcos, extramotivo a sus futbolistas y éstos confundieron las churras con las merinas. Pretendieron sacar del terreno de juego a los jugadores del Madrid a base de patadas, alguna de muy fea factura. El Valladolid se salvará si juega al fútbol y le empone la mitad del empeño que le echaron ayer. ‘La caza del blanco’ en la que se embarcaron los pucelanos en el Nuevo Zorrilla en nada ayudó y, sin embargo, deja tocado a Onésimo, quien tuvo la oportunidad de rectificar en la sala de prensa y prefirió atacar a un Cristiano Ronaldo al que le pierden las florituras y tonterias de cara a la galería. El mister pucelano, amante de los códigos, debió dejar el ataque al portugués como una cuestión de puertas para dentro y, en cambio, haber hecho una reflexión en voz alta sobre los males que aquejan a su equipo y los métodos que maneja para solucionarlos. Los taconcitos de CR9 cuando le pitan fuera de juego no son los culpables de la situación de extrema necesidad en la que vive un Valladolid que prefirió pegar a jugar, quizá pensando que el Madrid se arrugaría.
Manuel Pellegrini no tiene mucho más recorrido en el Real Madrid. Personalmente, creo que con tiempo, sería un buen técnico pero en un club como el Madrid hay de todo menos tiempo. Caerá a final de temporada salvo desmoronamiento mayúsculo del equipo. Aún así, el chileno ha armado un conjunto interesante y que poco a poco va cogiendo su filosofía de toque y cuidado con el balón. Pellegrini acertó de pleno cuando avisó de que el Bernabéu no acepta un tipo de juego como el del Barcelona. En el Madrid se prima la velocidad y la verticalidad, dos características que, sin embargo, chocan con el ideario del ex del Villarreal, amante de la pausa y el toque en la medular para cocinar a fuego lento los partidos. Estoy seguro que la mejor versión del equipo estaba por llegar. El Submarino Amarillo siempre se caracterizó por terminar las temporadas como un tiro pero Alcorcón y Lyon son una losa demasiado dura de sobrellevar. En el debe de Pellegrini hay muchas cosas. La primera es física. El equipo ha padecido un buen número de lesiones musculares y de pubis (Guti, Kaká, Benzemá, Van der Vaart, Higuaín…). Eso es un indicador de que algo no se hace bien en los entrenamientos. Las lesiones continuas lastran el equipo, le quitan continuidad e impiden que los futbolistas cojan ritmo. En su debe también hay que apuntar el tiempo que tardó en buscar un once tipo. Daba la sensación de que tenía claro quiénes debían jugar desde el principio pero que dudaba y dudaba en un intento de no herir sensibilidades. En ese sentido exigió demasiado a algunos jugadores (Higuaín, Van der Vaart, Granero…) y demasiado poco a otros (fundamentalmente Kaká o Benzemá). Su gestión de las alineaciones en determinados partidos también ha sido errática. La alineación del partido de vuelta ante el Alcorcón dejó mucho que desear así como su apuesta por Diarrá en Lyon no porque el Malí lo haga mal sino porque si no cuentas con un futbolista durante buena parte del ejercicio parece cuando menos sospechoso el darle galones en un partido clave. Junto a eso, Pellegrini ha demostrado demasiada inclinación a blindarse atrás incluso en el Bernabéu (Marcelo de interior, más cuatro zagueros, más Lass y más Xabi Alonso). Tácticamente, tampoco ha resuelto correctamente dos asuntos: Alonso es clave para el Madrid pero es un jugador que construye y corta mucho fútbol. Apostar por el doble pivote Lass y Xabi ha quitado fluidez al equipo, le ha dado mucho pase corto y poco largo. Alinear a Xabi y Lass junto sacrifica a jugadores más creativos como Guti o Granero. Su otro problema ha sido Kaká. No ha sabido encontrarle el sitio. El brasileño lleva desubicado todo el año. Pellegrini tampoco le ha corregido la tendencia a conducir el balón que tiene el brasileño. Con un equipo basado en la velocidad de Cristiano o Higuaín, las conducciones de Kaká perjudican al equipo. Más problemas. Pellegrini ha fallado en momentos puntuales. En Sevilla, en la primera vuelta, no tapono correctamente la banda izquierda, convertida en una sangría ante el poderío de Navas, y ante el Lyon hizo la estatua ante los cambios que introdujo el entrenador francés en la segunda parte y que cambiaron el rumbo del partido. A Pellegrini le ha faltado velocidad de reacción en momentos puntuales de máxima tensión. Con todo ello, es el club el que debe juzgar si persevera o no en el proyecto del chileno. Otro día hablaremos de Valdano, el ‘genio oculto’ en los despachos de la entidad de Concha Espina.
La increible eliminación (increible por la diferencia de potencial y aspiraciones entre los dos clubes esta temporada) del Real Madrid en los octavos de final de la Champions League ante el Olympique de Lyon hay que inscribirla directamente en el libro negro de la historia madridista. Al Madrid le han echado de Europa en octavos de final las seis última temporadas (Juventus, Bayer, Arsenal, Roma, Liverpool y OL han sido los verdugos). Le han eliminado italianos, franceses, ingleses y alemanes, es decir, representantes de las cuatro ligas más fuertes de Europa. Todo un síntoma que debe ser analizado desde las entrañas de un club que se ha gastado 300 millones de euros en una operación de máximo riesgo diseñada para levanta la Décima Copa de Europa en el mismísimo Santiago Bernabéu. La debacle, a mi juicio, supone una de las derrotas más dolorosas del club. De lo que tengo yo memoria, más o menos desde mediados de los años ochenta, la incluiría dentro del Top 5, junto al Centenariazo ante el Deportivo en la final de la Copa disputada en el Bernabéu; el ‘Alcorconazo’ del pasado mes de octubre, las dos derrotas en la última jornada ante el Tenerife, especialmente la primera, cuando se ganaba 0-2 en el descanso o el 2-6 del año pasado en el Bernabéu ante el Barcelona. Para mi, estas son los seis episodios más sangrantes de la historia reciente. Por supuesto, que los más viejos del lugar recordaran el 9-1 que creó le endosó el Hamburgo o el Kaiserlaurten en la década de los setenta y alguna que otra debacle más hace décadas pero para mi esas seis son las noches más negras. Lo malo para los madridistas es que tres de esos agujeros negros se han producido en el lapso de los últimos doce meses. El jarro de agua fría sobre la ilusión de los hinchas blancos es impresionante. Así es el fútbol.
El Madrid tiene esta noche, a partir de las 20h45, su primer partido a vida o muerte de la temporada. La derrota supondría el primer fracaso de Florentino en su segunda etapa al frente del club. Un traspies duro y complicado de explicar. Pero esto es fútbol y el OL no es rival fácil. Velocidad, competitividad y fútbol físico son una mezcla que no suele digerir bien el club del Bernabéu. Aún así, el Madrid es superior. Muy superior. No juegan Xabi Alonso ni Marcelo pero Pellegrini tiene alternativas suficientes como para armar un once muy por encima de un Lyon que jugó por encima de sus posibilidades en Gerland. El caso es que el Real Madrid lleva cinco años sin pasar de octavos de final. Por historia, por prestigio, por desembolso económico y por el rival que tiene delante, hoy debe romper esa racha pero es que, además, viene jugando a un nivel que en las últimas temporadas no se había visto en el Bernabéu. Por eso toca pasar y seguir en la carrera por estar en la final del 22 de mayo.
Lo que sucedió el sábado, al filo de las doce de la medianoche, la hora en la que se suelen aparecer las brujas, en el Santiago Bernabéu fue lo más parecido a una ciclogénesis, comunmente concocida como tormenta perfecta, que se puede ver sobre un terreno de juego. Pocas veces he visto un huracán de intensidad semejante. El supuesto Madrid timorato y ramplón del ingeniero Pellegrini se convirtió, por arte de magia, en una máquina de hacer fútbol, de disparar a puerta (hasta en 39 ocasiones), de acosar, cercar y derribar al rival. Tres palos, tres goles y un puñado de ocasiones clamorosas en poco más de treinta minutos. Y todo ello ante un magnífico Sevilla, un equipo que es finalista de Copa, que se juega los cuartos de la Champions ante el CSKA y que es, por méritos propios, uno de los grandes de la Liga española. La demostración de fuerza promete un Madrid muy grande a corto plazo pero, claro, esto es fútbol y este miércoles hay un examen definitivo. Vermeos qué versión aparece en liza, la de la tormenta perfecta o la del Madrid más terrenal.

El fútbol está cambiando a velocidad de crucero. Antonio Vázquez, redactor jefe de Futbolista, ha regresado hace unos días de Londres, donde acudió en representación de la revista Futbolista, el único medio de comunicación deportivo invitado a un acto donde se acreditaron por invitación exclusiva de Nike cerca de 300 medios de todo el mundo. El motivo del evento no era otro que presentar en sociedad las nuevas Mercurial Vapor de Cristiano Ronaldo, el futbolista más mediático del mundo. La presentaicón fue en una antigua fábrica de principios del siglo XX. Un espacio otrora industrial reconvertido en el centro mediático del mundo del deporte. Todo un símbolo. Ayer estuve con Gárate, el pichichi histórico del Atlético de Madrid. Me hablaba que, en su época, los jugadores se concentraban en un hotel de San Lorenzo de El Escorial, entrenaban en un campo de tierra y comían arroz con huevos fritos y filetes. La noche y el día con respecto a los tiempos que corren. CR9 acudió a Londres en avión privado y helicóptero. No se jugaba una Champions League ni la final de un Mundial. Iba a presentar sus nuevas botas. La diferencia es que esos borceguíes se venderán por cientos de miles y eso es mucho dinero, muchos ingresos para el jugador pero también para Nike, su club e incluso para los medios de comunicación. El fútbol es un negocio. Los tiempos de Gárate y los huevos fritos quedan ya muy lejos. Casi como la prehistoria.
Rafa Márquez anda bastante perdido en los últimos meses. El central azulgrana hace tiempo que dejó atrás su mejor momento de forma. Las lesiones, el paso del tiempo, la propia exigencia del juego y el empuje de otros centrales con más proyección y juventud como Piqué le han relegado a un segundo plano de la actualidad azulgrana. El mexicano, como los viejos pistoleros, se defiende tirando tiros donde se algo se mueve, no sea que le vaya a tocar algo. Por eso dispara antes de preguntar y encima, sabedor de su antigua fama de ser más rápido que nadie, cuenta con la protección arbitral. Márquez, mermado de facultades, transita al límite del reglamento y de la ética deportiva. Cuando yo jugaba en regional pululaban por los campos una especie de futbolista-ganster que respondía siempre al mismo perfil: veterano curtido en mil batallas, falto de facultades físicas y ya de vuelta de todo que suplía sus carencias con una actitud agresiva e intimidante que se traducía en patadas a destiempo y fuera de lugar generalmente a los jovencitos que pasaban por ahí. Justo lo que Márquez hizo con Canales. Una pena que un futbolista profesional de la talla del mexicano tenga que recurrir a tácticas tan barriobajeras para seguir sintiéndose importante. Y eso sin hablar de empujones en el área, broncas y demás parafernalia de pistolero en desbandada. Malo para Márquez, malo para el Barca.
En el fútbol actual se está poniendo peligrosamente de moda el absentismo laboral. No hace mucho tiempo, jugar contra un grande era un privilegio, un ret0 que enorgullecía a jugadores, club y aficionados del equipo supuestamente pequeño. Eso ya ha cambiado y curiosamente suele suceder cuando los ‘pequeños’ se enfrentan al Barcelona, al que deben ver como una cima inalcanzable. Si el año pasado fue el Sevilla el que decidió reservar a sus mejores hombres porque consideraba misión imposible ganar en el Nou Camp, esta jornada fue el Racing de Santander el que hizo una jugada parecida al ordenar su entrenador, Miguel Ángel Portugal, que varios de sus mejores futbolistas forzasen una tarjeta amarilla en el partido anterior para no comparecer en el coliseo azulgrana. Vaya por delante que es legítimo hacer lo que hizo Portugal pero a mi me da vergüenza ajena. Así de claro. Si fuera aficionado del Racing estaría verdaderamente cabreado. El mensaje de Portugal a sus hombres no fue otro de que el partido estaba perdido de antemano, que no merecía la pena luchar por al victoria. Lamentable. Algo parecido hizo el entrenador de los ‘Wolves’ en la Premier. Ganó al Tottenham en Londres y tres días después sacó diez suplentes ante el Manchester en Old Trafford. El Wolverhampton perdió 3-0 sin prestar resistencia alguna. Rivales directos del Manchester, aficionados de los ‘lobos’ y la propia Premier montaron en cólera. Para todos ellos, lo que hizo McCarthy fue adulterar la competición. El resultado es que la Premier lo ha multado con casi 30.000 libras del ala. Todo un ejemplo.